martes, 27 de mayo de 2008

Hijos de la Tormenta


Lo más inquietante de las tormentas es la calma que queda después. Esa extraña sensación como que algo grave acaba de ocurrir. El olor a tierra mojada, la humedad en el aire que se te pega al rostro. Lo que mas me inquieta de las tormentas es lo que despiertan en mi: Un recuerdo que quiere y no puede ser recordado, una calma total, una absoluta carencia de todo lo que normalmente nos envuelve de forma tan violenta.
La tormenta ya ha pasado y aún su sombra planea amenazante sobre la ciudad; pero yo ya aguardo impaciente a que llegue la próxima. La mayoría de personas se refugian y miran desde sus casas. La minoría dejamos que nos abrace el viento y nos acaricie la lluvia. Entonces y solo entonces nos sentimos tranquilos y en paz. Es con el trueno que nuestro pecho vibra, es con el rayo, el autógrafo de Dios, que vemos las cosas más claras. Nosotros, hijos todos de la tormenta, tenemos hoy ciudades y banderas, puertos y hogares. Hoy tenemos una identidad propia que con la sociedad nos es arrancada. Durante un instante desaparece todo rastro de misantropía. Y tenemos hermanos y hermanas. Solo durante ese tiempo somos capaces de olvidar cualquier tipo de miseria, de sentimiento de soledad, de dolor, de apatía y de ausencia. No somos más felices, pero no sufrimos pesar o necesidad. Nosotros, Hijos todos de la Tormenta, dormiremos hoy algo mejor.

1 comentario:

Rubén Logrosán dijo...

¿el autógrafo de Dios?
Te has sobrado tio xDDDDDD