
Lo más inquietante de las tormentas es la calma que queda después. Esa extraña sensación como que algo grave acaba de ocurrir. El olor a tierra mojada, la humedad en el aire que se te pega al rostro. Lo que mas me inquieta de las tormentas es lo que despiertan en mi: Un recuerdo que quiere y no puede ser recordado, una calma total, una absoluta carencia de todo lo que normalmente nos envuelve de forma tan violenta.
La tormenta ya ha pasado y aún su sombra planea amenazante sobre la ciudad; pero yo ya aguardo impaciente a que llegue la próxima. La mayoría de personas se refugian y miran desde sus casas. La minoría dejamos que nos abrace el viento y nos acaricie la lluvia. Entonces y solo entonces nos sentimos tranquilos y en paz. Es con el trueno que nuestro pecho vibra, es con el rayo, el autógrafo de Dios, que vemos las cosas más claras. Nosotros, hijos todos de la tormenta, tenemos hoy ciudades y banderas, puertos y hogares. Hoy tenemos una identidad propia que con la sociedad nos es arrancada. Durante un instante desaparece todo rastro de misantropía. Y tenemos hermanos y hermanas. Solo durante ese tiempo somos capaces de olvidar cualquier tipo de miseria, de sentimiento de soledad, de dolor, de apatía y de ausencia. No somos más felices, pero no sufrimos pesar o necesidad. Nosotros, Hijos todos de la Tormenta, dormiremos hoy algo mejor.
1 comentario:
¿el autógrafo de Dios?
Te has sobrado tio xDDDDDD
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